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lunes, julio 26, 2010

Discurso de Cristo Muerto desde lo alto del Edificio del Mundo, no hay Dios.

A continuación se presenta la trascripción de la versión completa y definitiva del sueño de Jean-Paul Richter. Para más interesados leer artículo complementario: Respuestas nihilistas a la muerte de Dios.

En una tarde de verano, recostado en una montaña frente al sol, me dormí. Soñé que despertaba en el cementerio. Las ruedas del reloj de la torre me habían despertado con el toque de las once. Busqué el sol en el cielo desierto de la noche. Creía que un eclipse lo escondía detrás de la luna. Todas las tumbas estaban abiertas y las puertas de fierro del osario se habrían y cerraban, movidas por invisibles manos. Sobre los muros volaban sombras que ningún cuerpo proyectaba y otras sombras se elevaban rectas en el aire. Sólo los niños dormían en los féretros abiertos. Todo el cielo estaba cubierto por los inmensos pliegues de una niebla gris y pesada, que una sombra gigantesca atraía hacia sí, como una red, siempre de manera próxima, más estrecha, más ardiente. Escuchaba, por encima de mí, la caída lejana de las avalanchas y, por debajo de mí, los primeros pasos de un terremoto inconmensurable. La iglesia oscilaba agitada por dos notas discordantes, continuas, que luchaban entre sí, buscando en vano fundirse en un acorde armonioso. A veces, un resplandor gris subía del interior de las ventanas, y bajo ese resplandor el hierro y el plomo fundidos, fluían. La red de niebla y la tierra oscilante me empujaron hacia el templo, ante la puerta del cual se escondían dos brillantes basiliscos detrás de dos arbustos venenosos. Pasé entre sombras desconocidas, marcadas por los siglos del pasado.

Todas las sombras estaban alrededor del altar y en todas ellas, en lugar del corazón, el pecho latía y palpitaba. Sólo un muerto, que acababa de ser enterrado en la iglesia, reposaba todavía sobre sus cojines, su pecho latía, y su rostro sonriente mostraba un sueño feliz. Pero al entrar una persona viva, despertó y dejó de sonreír, abrió lentamente sus pesados párpados, pero dentro no había ojos y en su pecho palpitante había una herida en lugar del corazón. Levantó las manos y las unió para rezar; pero su brazos se alargaron, se desprendieron y sus manos unidas cayeron a lo lejos. Arriba, en la cúpula de la iglesia, estaba el cuadrante de la Eternidad, no tenía números y era su propia aguja, sólo un dedo negro daba vueltas y los muertos querían ver ahí el Tiempo.

Entonces, una alta y noble figura, marcada por el sufrimiento eterno, descendió sobre el altar, y todos los muertos gritaron: “¡Cristo! ¿no hay Dios?”. Él respondió: “No hay”.

La sombra entera de cada muerto, no sólo el pecho, se puso a temblar y el estremecimiento fue causa de su desintegración.

Cristo prosiguió: “He recorrido los mundos, subí a los soles y volé con las vías lácteas a través de los desiertos del cielo, pero no hay Dios. Bajé, lejos y profundo, hasta donde el Ser proyecta sus sombras, miré al abismo y grité: “Padre, ¿dónde estás?”, pero sólo escuché la eterna tempestad que nadie gobierna; y el brillante arco iris formado por todos los seres estaba ahí, sobre el abismo, sin que ningún sol lo creara y se derramaba gota a gota. Y cuando alcé la mirada hacia el cielo infinito buscando el Ojo de Dios, el universo fijó en mí su órbita vacía, sin fondo; la Eternidad reposaba sobre el Caos, lo roía y se devoraba así misma. -“¡Griten disonancias, dispersen las sombras, ya que Él no es!”.

Las pálidas sombras se desvanecieron como se dispersa, bajo un soplo caliente, el vapor blanco condensado por el frío; y todo quedó desierto. Entonces para dolor del corazón, aparecieron en el templo los niños muertos que se habían despertado en el cementerio, y se arrojaron a los pies de la alta figura que se encontraba en el altar, diciendo: “¡Jesús!, ¿no tenemos Padre?”. Y él respondió lleno de lagrimas: “Todos somos huérfanos, yo y ustedes, no tenemos Padre”.

Entonces las disonancias se hicieron más violentas –los muros tambaleantes se separaron –el templo y los niños se hundieron –y toda la tierra y los soles se abismaron tras ellos –y todo el Edificio del Mundo se derrumbó ante nosotros en su inmensidad –y arriba, en la cima de la Naturaleza inconmensurable, estaba Cristo; contemplaba el Edificio del Mundo perforado por mil soles, como una mirada cavada alrededor de la eterna noche, donde los soles pasan como lámparas de mineros y las vías lácteas como venas de plata.

Y cuando Cristo vio la multitud de Mundos triturándose entre sí, la danza de las antorchas de los fuegos fatuos del cielo, y los bancos de coral como corazones palpitantes, y cuando vio a los planetas verter uno tras otro su alma fosforescente en el Mar de los Muertos, como una esfera de agua dispersando sobre las olas luces que flotan, entonces, con la grandeza del más alto de los seres, alzó la mirada frente a la Nada y frente a la Inmensidad desierta, y dijo:

“¡Muda y rígida Nada!, ¡Necesidad eterna y fría!, ¡Insensato azar!, ¿conoces lo que está debajo de ti? ¿Cuándo me destruirás a mí mismo y al Edificio del mundo? –Azar, ¿sabes tú mismo cuándo pasarás con huracanes entre las ráfagas nevadas de las estrellas, cuándo, a tu paso, se apagará el brillante rocío de las constelaciones? -¡Cuán solos estamos en la gran fosa del Todo! Sólo me tengo a mí mismo.

-¡Oh Padre!, ¡Oh Padre!, ¿dónde está tu pecho para que en él yo descanse? -¡Ah!, si cada yo es su propio Padre y Creador, ¿por qué no pude ser también su propio Ángel Exterminador?...

¿Es esto a mi lado un hombre? ¡Pobre criatura! Tu vida efímera es un suspiro de la naturaleza o su solo eco. –Un espejo cóncavo proyecta sobre tu tierra sus rayos a través de nubes de polvo hechas con las cenizas de los muertos y así macen imágenes brumosas e inciertas. –Mira hacia el abismo en el que pasan nubes de ceniza. –Brumas cargadas de mundos se levantan del Mar de los Muertos: el devenir es una bruma que sube y el presente una bruma que cae. -¿Reconoces la tierra?”

Aquí Cristo bajó la mirada, sus ojos se llenaron de lagrimas y dijo: “¡Ah!, hace algún tiempo estuve allá: entonces era yo feliz, tenía a mi Padre eterno y, desde las montañas, contemplaba alegra la inmensidad del cielo y apoyaba mi pecho herido en su apacible imagen, y aún en el duro instante de la muerte dije: “¡Padre, arranca a tu hijo de su envoltura sangrienta y acércalo a tu corazón!” ...¡Ah! vosotros felices habitantes de la tierra, todavía creéis en Él. Quizás en este mismo momento vuestro sol declina y caéis de rodillas entre flores, luz y lágrimas, alzando vuestras bienaventuradas manos y diciendo, al cielo abierto, entre mil lágrimas de felicidad: “Tú también me conoces, Ser infinito, y conoces todas mis heridas y después de la muerte me recibirás y las cerrarás todas”... Criaturas desafortunadas, después de la muerte nadie cierra las heridas. Cuando el pobre hombre doblegado por las penas, con la espalda adolorida, se recuesta en la tumba para dormir hasta una mañana llena de Verdad, de Virtud y de Alegría, se despierta en medio del caos tormentoso de la media noche eterna –y no viene ni una mañana, ni una mano salvadora, ni el Padre infinito. –Mortal que estás a mi lado, si aún vives, ruega por él. Si no, lo habrás perdido para siempre”.

Y cuando al caer, miré hacia el luminoso Edificio del Mundo, vi los anillos de la gigantesca Serpiente de la Eternidad, se había enroscado alrededor del Universo de los Mundos –y los anillos cayeron y enlazaron el Universo en un doble abrazo –y se enrollo de mil maneras alrededor de la Naturaleza –y aplastó a los mundos unos contra otros –y trituró el templo infinito hasta reducirlo a una iglesia de cementerio –y todo se hizo angosto, sombra y miedo. Un interminable repicar de campanas anunciaba la Última Hora del Tiempo y debía destruir el Edificio del Mundo ...cuando desperté.

Mi alma lloraba de alegría al poder de nuevo adorar a Dios –y la alegría y las lágrimas y la fe en Él, eran mi plegaria. Y cuando me levanté, el sol brillaba muy bajo detrás de los trigales llenos y púrpuras, arrojando el apacible reflejo de su roja tarde sobre la pequeña luna que subía por el levante, sin aurora; entre el cielo y la tierra un mundo feliz y perecedero extendía sus cortas alas y vivía, como yo, ante el Padre Eterno; toda la naturaleza a mi alrededor, fluían sonidos de paz, como lejanas campanas de la tarde.

jueves, julio 16, 2009

La vivencia de un desierto...


Esto es un fragmento de algo que escribí cuando estaba en Guadalajara hace poco menos de un año... vivía una situación de desierto, un situación que a grandes rasgos parecía la peor de todas pero que en lo profundo generaba cierta reconstrucción interna de la cual no me percataba o al menos no gozaba... estar en el desierto no es muy gozoso; existen distintos elementos que provocan incomodidad, pérdida de sentido, dolor y muchas lágrimas... no cabe duda que el desierto golpea mucho, cincela, diría otro, pero sin duda transforma y permite un conocimiento interno que en muy pocas ocasiones se puede llevar a cabo... el desierto, sinónimo de cambio...





Por eso te voy a seducir… te llevaré al desierto y te hablaré al corazón…

Hoy vivo una situación de desierto, lo quiera o no. Seguridades perdidas, muros derrumbados o a punto de caer, soledad… es inútil reforzar con diques de paja esta realidad. Es necesario que viva hasta el fondo las dimensiones sin fin.
Reconciliarme con el desierto, con mi desierto, es vivir la prueba de la provisionalidad, de la precariedad. Mi desierto es el lugar en donde mi realidad es despojada de las apariencias, purificada de lo efímero y reducida a lo esencial, a lo indispensable…
En mi desierto me encuentro ante un cielo sin límites, frente a la arena y mi propio ser, nada más… aquí me veo obligado a encontrarme conmigo mismo… cara a cara conmigo mismo… por eso mi desierto me fascina y me asusta… La esencia del desierto es la ausencia de hombres, abstinencia de presencias…
Mi cara a cara es el preludio del cara a cara con Dios, así el desierto es lugar de encuentro con Dios, con el Dios que está presente pero escondido, secreto… El desierto bíblicamente es el lugar de la liberación, pero el programa de la libertad no es una lista de facilidades o de privilegios… austeridad y caminos difíciles… DIOS SE HACE SEGURIDAD PERO A CONDICIÓN DE QUE EL PUEBLO EN CAMINO PIERDA SUS SEGURIDADES HABITUALES…
¡Qué tremendamente paradójico resulta que el desierto pueda florecer, que el silencio pueda convertirse en mensaje y que la soledad se convierta en comunión!
Desierto: la prueba de mi profundidad.

Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto… ¿Nos han sacado a este desierto para matarnos de hambre a toda la comunidad?

La gran tentación de mi desierto es la seguridad. En la nostalgia, en el pasado, en las personas añoradas, en mi condición perdida está mi seguridad… una seguridad efímera.
En algunos momentos de llanto quisiera dejar este desierto, encontrar la salida y simplemente abandonarlo. Aquí la impotencia de no poder hacer nada más que esperar y caminar… me siento verdaderamente impotente al tratar de buscar salidas fáciles que respondan a mi ansía de realización inmediata y de evasión ante el enfrentamiento cara a cara conmigo mismo. Creo que me tengo más miedo a mí mismo que a Dios.
Los israelitas no habían tenido aún la oportunidad de gozar de la liberación cuando ya estaban añorando la esclavitud pasada. Similar condición estoy viviendo. En ellos, el sabor de las cebollas dadas en Egipto les impedía saborear la liberación presente…
Hace poco que me interné en mi desierto y vivo la añoranza quejumbrosa de un pasado esclavizante.
No es nada fácil dejarme liberar. No es nada fácil aceptar que estoy perdido y que en este desierto como en otros nunca sabré cuándo estoy apunto de llegar… tengo la necesidad de seguridades, de estar protegido, de evitar elecciones decisivas… ¡Oh Dios, lo último!... elecciones decisivas…
Cuando todo lo tenía tan claro, cuando todo estaba tan en paz, tan en su sitio… cuando había alguien que decidía por mi, cuando ya todo estaba programado detalladamente… cuando me quejaba de lo anterior y sin embargo ahora tontamente lo añoro… ¡qué desdicha!
Soy productor de seguridades… tengo miedo a quemarme en el fuego de la verdad, a caminar descalzo por el fango y a mojarme bajo la lluvia… CRISTO SALVA MI CORAZÓN DÉBIL!!! Cristo me salva escapando hacia delante. Él es el que me espera, nos espera, siempre más allá… cuando lo alcanzo se escapa… sobrepasa mis lógicos argumentos y va más adelante…

Estoy cubierto de polvo y fango…
He caminado por caminos no trazados,
me he herido al penetrar a esta jungla desértica…
No estoy caminando por el camino oficial,
por el camino pavimentado, el camino que pisa la mayoría, el camino
en donde la semilla es aplastada y muere…


Ustedes, caminantes de autopista, envejecerán placidamente y estimados por el mundo; tendrán los aplausos y las medallas que el mundo reserva para los más vistos…
Mi vida será encontrada herida en la cumbre más alta o en las profundidades del océano… Caminaré gustoso por donde voy perdido… tomaré el lugar del que es olvidado y buscado únicamente por su Señor… mi amo me encontrará.


“No temas que yo estoy contigo… ¿No recuerdas el pasado? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconoces? Sí, pongo en el desierto un camino, senderos en el arenal”

¿A dónde he venido a parar? Abandoné sin darme cuenta el camino principal y caído en esta encrucijado encuentro de caminos por donde ir…
Ante la tormenta de arena mi vida se tambalea entre la esperanza y la cólera… el agua se acaba, no se ve ninguna huella sobre la arena y no se leer las estrellas…
Vivo la desorientación, me pega un viento de desconfianza, domina en mí la incertidumbre… es muy difícil ver con claridad… ¿A dónde iré a parar Dios mío? ¡Qué quieres! ¿Cómo salgo de este camino de sudor y lágrimas?

domingo, julio 12, 2009

El Virus de la Fe (((Activa tu sensor crítico)))



El Virus de la Fe, de Richard Dawkins.
¿Cómo contestar a este tipo de razonamientos científicos desde una visión cristiana?
¿Cómo refutar con fundamentos creíbles y verdaderos lo que ahora es atacado?
¿Cómo elaborar una respuesta inteligente?
Fe y Razón... el obtuso enfrentamiento de dos visiones paralelas.

miércoles, diciembre 17, 2008

Suelta lo que tengas que soltar


Había una vez un hombre que estaba escalando una montaña. Estaba haciendo un ascenso bastante complicado, una montaña en un lugar donde se había producido una intensa nevada. Él había estado en un refugio esa noche y a la mañana siguiente la nieve había cubierto toda la montaña, lo cual hacía muy difícil la escalada. Pero no había querido volverse atrás, así que de todas maneras, con su propio esfuerzo y su coraje, siguió trepando y trepando, escalando por esta empinada montaña. Hasta que en un momento determinado, quizá por un mal cálculo, quizá porque la situación era verdaderamente difícil, puso el pico de la estaca para sostener su cuerda de seguridad y se soltó el enganche. El alpinista se desmoronó, empezó a caer a pico por la montaña golpeándose salvajemente contra las piedras en medio de una cascada de nieve.
Toda su vida pasó por su cabeza y cuando cerró los ojos esperando lo peor, sintió que una soga le pegaba en la cara. Sin llegar a pensar, de un manotazo instintivo se aferró a esa soga. Quizá la soga se había quedado colgada de alguna amarra... Si así fuera, podría ser que aguantara el chicotazo y detuviera su caída.
Miro hacía arriba pero todo era al ventisca y la nieve que caían sobre él. Cada segundo parecía un siglo en ese descenso acelerado e interminable. De repente la cuerda pegó el tirón y resistió. El alpinista no podía ver nada pero sabía que por el momento se había salvado. La nieve caía intensamente y él estaba allí, como clavado en su soga, con muchísimo frío, pero colgado de este pedazo de lino que había impedido que muriera estrellado contra el fondo de la hondonada entre las montañas.
Trató de mirar a su alrededor pero no había caso, no se veía nada. Gritó dos o tres veces, pero se dio cuenta de que nadie podía escucharlo. Su posibilidad de salvarse era infinitamente remota; aunque notaran su ausencia nadie podía subir a buscarlo antes de que parara la nevisca y, aun en ese momento, no podía saber que el alpinista estaba colgado de algún lugar del barranco.
Pensó que si no hacía algo pronto, este sería el fin de su vida.
Pero, ¿qué hacer?
Pensó en escalar la cuerda hacia arriba para tratar de llegar al refugio, pero inmediatamente se dio cuenta de que eso era imposible. De pronto escuchó la voz. Una voz que venía desde su interior que le decía "suéltate". Quizá era la voz de Dios, quizá la voz de una sabiduría interna, quizá la de algún espíritu maligno, quizá una alucinación... Y sintió que la voz insistía: "suéltate... Suéltate"
Pensó que soltarse significaba morirse en ese momento. Era la forma de parar el martirio. Pensó en la tentación de elegir la muerte para dejar de sufrir. Y como respuesta a la voz se aferró más fuerte todavía . Y la voz insistía "suéltate", "no sufras más", "es inútil este dolor, suéltate". Y una vez más él se impuso aferrarse más fuerte aun mientras conscientemente se decía que ninguna voz lo iba a convencer de soltar lo que, sin lugar a dudas, le había salvado la vida. La lucha siguió durante horas pero el alpinista se mantuvo aferrado a lo que pensaba que era su única oportunidad.
Cuenta esta leyenda que a la mañana siguiente la patrulla de búsqueda y salvamento encontró al escalador casi muerto. Lo quedaba apenas un hilito de vida. Algunos minutos más y el alpinista hubiera muerto congelado, paradójicamente aferrado a su soga... A menos de un metro del suelo...

A veces no soltar es la muerte.
A veces la vida está relacionada con soltar lo que alguna vez nos salvó .
Soltar las cosas a las cuales nos aferramos intensamente creyendo que tenerlas es lo que nos va a seguir salvando de la caída.
Todos tenemos una tendencia de aferrarnos a las ideas, a las personas y a las vivencias. Nos aferramos a los vínculos, a los espacios físicos, a los lugares conocidos, con la certeza de que esto es lo único que nos puede salvar. Creemos en lo "malo conocido" como aconseja el dicho popular.
Y aunque intuitivamente nos damos cuenta de que aferrarnos a esto significará la muerte, seguimos anclados a lo que ya no sirve, a lo que ya no está, temblando por nuestras fantaseadas consecuencias de soltarlo.
Jorge Bucay